Traducción
y adaptación de Lama
Sangye Dorye y Lama Rinchen
Kandro.
© Ediciones
Dungkar
En
nuestros días mucha gente
piensa que la causa de las guerras
y la amenaza de guerra se debe
a la existencia de las armas.
Tenemos armas nucleares horribles,
y la gente piensa que deshaciéndonos
de ellas nos libraremos de los
riesgos de una guerra. En realidad,
no son las armas las que producen
la guerra sino la gente que
las emplea. Es la mente de las
personas la que produce la agresión,
la que desata las guerras. El
simple hecho de eliminar los
instrumentos de guerra no eliminará
la guerra. Para terminar con
la causa de la agresión
y de la guerra se debe trabajar
en el ámbito de la mente
individual, pues es en esta
mente en donde surgen las emociones,
la cólera y el odio que
conducen a la lucha.
En
general, nosotros, los que no
hemos alcanzado el Despertar,
experimentamos una increíble
cantidad de emociones perturbadoras.
Las enseñanzas tradicionales
hablan de 84.000 instrucciones
dadas por Buda como remedio
para esas emociones. Sin embargo,
la idea fundamental de esta
vasta Tradición es la
del amor y la compasión.
Este concepto introduce la noción
de lo que llamamos “Bodhichita”
o la actitud despierta, que
tiene dos aspectos. El primero
es el aspecto relativo o convencional,
se trata del amor y la compasión
que desarrollamos hacia todos
los seres. El segundo es el
aspecto último o absoluto
de la Bodhichita, es decir la
experiencia de la Vacuidad fundamental
de la mente -Shunyata- y la
Vacuidad de todos los fenómenos
y experiencias creadas por la
mente.
Estos dos tipos de Bodhichita
son la esencia misma de todas
las enseñanzas de Buda.
Sin ella no es posible alcanzar
el Despertar. Si se descuida
la Bodhichita relativa -el amor
y la compasión- o la
Bodhichita última -el
conocimiento fundamental, la
experiencia de la Vacuidad-
toda práctica será
inútil e ineficaz. La
comprensión última
de la Vacuidad sustenta el desarrollo
de la Compasión, y esta
última sustenta la profundización
de la Sabiduría. Por
lo tanto, cuando uno desarrolla
estos dos principios básicos,
posee la esencia de todas las
enseñanzas de Buda.
En
el mundo humano, las emanaciones
de los Budas y los Bodhisatvas
despliegan una gran actividad
en la enseñanza debido
a las características
evolucionadas de los seres y
a su sensibilidad. El nacimiento
humano representa, en efecto,
la situación más
favorable para el desarrollo
y el progreso de enseñanzas
profundas; particularmente las
enseñanzas Tántricas,
que posibilitan una transformación
profunda de la estructura física,
verbal y mental del individuo.
La transformación física
se efectúa a través
de la identificación
con la apariencia de la divinidad,
la transformación verbal
mediante la recitación
de mantras, y la transformación
mental al establecer la mente
en samadhi. Esto sólo
es realmente posible en el mundo
humano, y es en este mundo que
los Budas y los Bodhisatvas
pueden aparecer e impartir efectivamente
sus enseñanzas.
La
primera función que cumplen
los mantras es la de purificarnos
del velo de la negatividad,
de la ignorancia, y por otra
parte desarrollar en nosotros
cualidades positivas; acrecentar
el mérito y acercarnos
al Despertar.
Algunos mantras están
particularmente asociados a
ciertos aspectos de nuestra
existencia; ya sea la prolongación
de la vida, la purificación
de enfermedades, impedir que
la mente caiga en los estados
inferiores, o eliminar el miedo
y la ansiedad, etc. Pero en
general, podemos decir que todos
los mantras tienen el mismo
objetivo, eliminar el sufrimiento
y la confusión y conducir
al practicante hacia el Despertar.
El significado profundo del
mantra, más allá
del nivel conceptual o gramatical,
sólo lo puede comprender
un ser con la sabiduría
de un Buda completamente iluminado.
El sentido de esas sílabas
permanece impenetrable para
aquel que no ha realizado la
experiencia del pleno Despertar.
Pero recitar el mantra con fe
y confianza permite recibir
sus beneficios, incluso si uno
no tiene de él una comprensión
intelectual o una percepción
directa.
Veamos por ejemplo, el conocido
mantra OM MANI PEME HUNG, el
mantra de Avalokiteshvara (Tib.
Chenresi), el Bodhisatva de
la Compasión. Recitar
este mantra es importante en
varios niveles. Las seis sílabas
del mantra pueden eliminar los
“seis venenos” de
las emociones perturbadoras
de la mente, cerrar las puertas
de los renacimientos en los
seis estados de existencia samsárica,
aumentar los méritos,
y desarrollar y perfeccionar
las Seis Paramitas.
Sin duda alguna nuestras palabras
poseen un cierto poder. Por
ejemplo, si hablamos con gentileza
y dulzura, con una voz armoniosa,
podemos llegar a ejercer cierta
influencia sobre los demás,
generando buen humor y contento.
Si por el contrario hablamos
con un tono duro y desagradable,
entonces podríamos enojarnos
y encolerizar a los demás;
hablando violentamente podemos
incluso llegar a aterrorizar
a los demás. Ciertamente
incluso las palabras de una
persona común, no despierta,
pueden producir un gran efecto.
¡Qué decir entonces
del poder que tienen para el
desarrollo espiritual las palabras
pronunciadas por un ser que
ha alcanzado el perfecto Despertar!
Si tenemos una completa confianza
en el Buda y en el Dharma —
sus Enseñanzas —
el paso a franquear para creer
en el poder de los mantras no
es difícil. Pero si no
tenemos fe en el Buda mismo,
será mucho más
difícil creer en los
mantras que surgen de él.
El empleo de mantras es eficaz
también cuando tenemos
dificultades en la meditación,
o con la concentración
correcta de la mente, o también
cuando debemos hacer ejercicios
físicos muy duros tales
como las prosternaciones. Recitar
un mantra como el Om Mani Peme
Hung es muy fácil, no
requiere ningún esfuerzo
o habilidad particular. Recitándolo
incluso de esta manera tan simple,
recibimos beneficios y comienza
a establecerse un cierto desarrollo
espiritual.
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